domingo, 31 de agosto de 2008

NORBERTO

Tardó cinco meses en decidir hacerse una prueba. Sus ojos de por sí adormilados desviaban la atención cuando se lo sugería. Su miedo era inevitable. Tres meses antes de que me diagnosticaran positivo, había iniciado una relación con él. La más linda y convencional de todas. La más luminosa. Apenas dos veces habíamos cogido pero el número bastó para que pronto, tras el anuncio fatal, me convirtiera en el recordatorio ambulante de todo lo malo que a él podría ocurrirle, o lo que es lo mismo, en la probabilidad tangible de que él pudiera estar infectado.

Lo conocí en el verano de 2006. Yo salía de una depresión por haberme apartado del hombre que creía amar y él, repasaba su lista de invitados para su fiesta de graduación. Una noche suicida me topé con él cuando salía del Metro Hidalgo a la altura de José Martí. Él iba pa’la Alameda y yo venía de allá. Como película del “Indio” Fernández: lo miré, me miró, nos detuvimos y avanzamos a nuestro encuentro. Platicamos durante horas hasta que el muy osado preguntó que si acaso no íbamos a fajar. “Por supuesto”, respondí con gusto y melancolía, con ese viejo sentimiento de sentir querer a un extraño a quien no volverás a ver jamás.

Pero con Norberto no fue así. Los días pasaron y muy pronto compartíamos los ratos muertos. Nos conocíamos mientras comíamos en fondas de comida corrida o simplemente pasábamos horas tirados en el piso de las estaciones del metro. Él era reservado con sus declaraciones de amor (tenía sus dudas acerca de su existencia) pero igual gustaba de abrazarme y de recibir mis besos. Le encantaba provocar a la gente tomándome de la mano y fingir que él “nunca había podido ser alguien atrevido”... Hasta entonces.

Norberto es un muchacho inteligente, provinciano, tímido de apariencia y cálido de corazón. Aun teme aceptar su homosexualidad frente a la gente que quiere y no sabe que hará de su vida. Recién concluyó sus estudios universitarios y va entrando a la crisis de toparse con trabajos mierderos, de romper la dependencia económica familiar y descubrir porque diablos no encaja en el mundo (¡Eso que llaman crecer!).

El día que le dije que tenía VIH me tomó valiente entre sus brazos y lloró conmigo. Tenía más miedo que yo y aun así me cobijó. Se quedó ahí sentado a mi lado en el andén del metro Coyoacán mientras veíamos pasar los trenes.

Con los días su admiración creció por mí sin embargo, su cuota de abrazos se redujo. En sus labios, había un contradictorio dejo de solidaridad pero no pasión. El miedo lo alcanzó con la llegada del fin de año y una noche se dijo desesperanzado de la vida. So pretexto de las vacaciones salió huyendo con rumbo a su pueblo. Por un mes nada supe de él.

Para cuando volvió, yo estaba emocionalmente desgastado y lo último que quería es darle ánimos a alguien más. Él aceptó que se caía de miedo. “Y no era para menos”, le dije. Pero en mi egoísta visión de los hechos su ausencia me lastimó y decidí que era mejor empezar de nuevo y hacer como que ya no había nada entre nosotros. Nunca iniciamos formalmente una relación pero a su regresó, fue como si “oficialmente” hubiésemos terminado.

Pero ni uno ni otro terminó por irse. Y decidimos que seríamos amigos. Y entonces vino la comunicación que nos había hecho falta. Y entonces él se sintió más libre, y yo dejé de esperar lo que él no me podía dar... Nos conciliamos, y de vez en cuando salimos y de vez en cuando me cree que él podría ser aquel que despierta todo lo bueno que hay en mí. Y tan en serio me cree, que un día finalmente aceptó hacerse la prueba de VIH.

Decidió que quería hacérsela en un laboratorio privado pues de ir a uno público, la espera lo mataría. Encontramos un fabuloso paquete de descuento a $120.00 la prueba y en tres días tuvo su resultado.

Abrió el sobre y leyó NEGATIVO. No sabía si llorar o reír, pero su rostro mostró alivio. Estaba conmovido y no podía creerlo. Era uno de esos momentos en que crees saber de qué se trata la felicidad sin miramientos. Lo tomé de la cabeza y lo despeiné un poco: “lo ves”, le dije. Honestamente me dio mucho gusto y quise estar a la altura de su alegría pero no pude. Sentí una envidia inexplicable que respondía más a mi deseo de estar en su lugar, que a que el resultado fuera otro. Una emoción que estaba ahí y que decidí no darle respuesta. Pero tampoco anularla.